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EL PEDREGALITO

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En las Casetas tradicionales del Parque Bolívar el negocio familiar de Doña Cristina Pascuaza lleva más de 49 años en el negocio de la cocina. Empezó en la zona de la antigua Bavaria, donde se reúnian a jugar el conocido y tradicional juego de la chaza. 

Su mamá Inició bajo una tolda vendiendo café, luego sacando permisos en la Alcaldía ya se pudo montar una caseta de madera, una de las primeras en ubicarse en esa zona. 

La tradición pastusa convirtió a esa zona en parada obligatoria para tomarse un buen café caliente con arepas o comerse un buen frito con papas y aji. Ir a las casetas de Bavaria para la época de los 70, 80 y 90 era todo una costumbre. Frito, habas y choclo cocinado, las papitas amarillas y las yucas hacían las delicias de muchos  de sus clientes habituales. 

Doña Cristina recuerda que una vez que fueron a comer al Mister Pollo probaron el chunchullo, plato que para ese tiempo existía en la carta del Mister, y empezaron a buscar la forma o proveedor de donde podrían sacar este producto para incluirlo en sus ventas. 

Chinchulín, choncholí, chunchullo, chinchurria, chunchurria, chunchula o chunchules (todos del quechua ch’unchu, «intestino» o «tripas»)  es la forma utilizada para referirse al intestino delgado del ganado vacuno.

La cocción de los mismos se realiza a la parrilla sobre brasas de leña o carbón. Forma parte de la comida típica de varios países de América y sin lugar a dudas se convirtió en el plato fuerte y más pedido de las casetas de la antigua Bavaria. 

De ahí en adelante el menú se completó con carne a la parrilla, desayunos con caldo de costilla, almuerzos con sancocho de gallina y hojaldres con queso y café.  

Para ese tiempo que Pasto si contaba con un mayor sector empresarial, entre sus clientes se contaban los de la Licorera de Nariño, Bavaria, Sena, Telenariño, Telecom Y miles de estudiantes de las zonas cercanas que se volaban del colegio en los descansos solo para poder comer una hojaldre con café.  

Para este tiempo Cristina aún pequeña llegaba del colegio, se cambiaba, almorzaba rápidamente y salía a ayudarle a su mama en la caseta. Familias trabajadoras que inculcaron a sus niños desde pequeños el trabajar, colaborar con el negocio familiar y ser partes útiles en todo el montaje del negocio.  

Después que Bavaria se terminará, varios empresarios se unieron para comprar ese lote, entre ellos el dueño de Ferretería Argentina, quien alegó que los vendedores de esa zona deberían ser reubicados. Después de muchos tropiezos y luchas, en un trabajo colectivo con las entidades municipales, los vendedores de la zona aceptaron esta reubicación. Inicialmente se pretendía ubicarlos en el Barrio Popular, un sitio para nada estratégico para este tipo de negocios. La lucha continuó hasta que en el mandato del Doctor Alvarado se logró un acuerdo para la ubicación final en la zona del Parque Bolívar donde finalmente y hasta el día de hoy se encuentran instalados.    

Las condiciones mejoraron, tuvieron acceso a agua potable, luz, baños. Doña Cristina recuerda que en otras épocas tocaba llamar a la casa para que les lleven los productos que se les habían terminado y transportarlas hasta la caseta. Así estuvieron por más de 30 años. 

A los 27 años Cristina se independizó y tomó las riendas de su propio negocio. Sacó los respectivos permisos y gestionó su propio espacio. Trabajan en familia, con su esposo, su hijo y hermana. “Llega todo el mundo a colaborar” reconoce. 

A las casetas del Pedregalito se llega sin desayunar, con frío y antojado de arepitas con un café muy caliente para iniciar bien el día. Mujeres como Doña Cristina se levantan desde muy temprano a trabajar fuertemente por su familia y el futuro de sus hijos, en un negocio familiar de mucha tradición en la ciudad. 

“Hasta que Dios me de vida y salud, aquí me tendrán preparándoles los alimentos para que vengan a deleitarse con nuestro sabor”

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